jueves, 22 de octubre de 2009

Risoterapia literaria IV (1ª parte)


'El día de mi Primera Comunión es el día más feliz de mi vida de uno por la Colecta y por James Cagney en el cine Lyric. La noche anterior yo estaba tan emocionado que no pude dormirme hasta el alba. Todavía estaría dormido si mi abuela no hubiera venido a dar golpes a la puerta:
- ¡Arriba! ¡Arriba! Sacad a ese niño de la cama. Es el día más feliz se su vida, y él roncando allí arriba, metido en la cama.
Fui corriendo a la cocina.
- Quítate esa camisa - Me dijo. Yo me quité la camisa y ella me metió a la fuerza en un barreño de estaño lleno de agua helada. Mi madre me frotaba, mi abuela me frotaba. Yo estaba rojo, en carne viva.
Me secaron. Me pusieron mi traje de Primera Comunión de terciopelo negro con la camisa blanca con chorreras, los pantalones cortos, los calcetines blancos, los zapatos negros de charol. Me ataron al brazo un lazo de satén blanco y me pusieron en la solapa el Sagrado Corazón de Jesús, una insignia del Sagrado Corazón del que caían unas gotas de sangre, con llamas alrededor y con una corona de espinos de aspecto feo encima.
- Ven aquí a que te peine - dijo la abuela-. Mira qué greñas: no se alisan. Este pelo no lo has heredado de mi familia. Es pelo de Irlanda del Norte que has heredado de tu padre. Es el pelo que tienen los presbiterianos. Si tu madre se hubiera casado con un hombre decente de Limerick no tendrías este pelo de punta presbiteriano de Irlanda del Norte.
Me escupió varias veces en la cabeza.
- Abuela, deja de escupirme en la cabeza, por favor.
- Si tienes algo que decir, te lo callas. Un poco de saliva no te va a matar. Vámonos, que llegamos tarde a la misa.
Fuimos corriendo a la iglesia. Mi madre nos seguía sin aliento llevando a Michael en brazos. Llegamos a la iglesia justo a tiempo de ver al último niño apartarse de la barandilla del altar, donde estaba el sacerdote con el cáliz y la hostia mirándome fijamente, furibundo. Después me puso en la lengua la hostia, el cuerpo y la sangre de Jesús. Al fin, al fin.
La tengo en la lengua. La retiro.
Se pegó.
Tenía a Dios pegado en el paladar. me sonaban en los oídos las palabras del maestro: "No toquéis la hostia con los dedos, porque si partís a Dios en dos de un mordisco arderéis en el infierno toda la eternidad".
Intenté despegar a Dios con la lengua, pero el sacerdote me susurró:
- Deja de hacer ruidos con la lengua y vuelve a tu asiento.
Dios fue misericordioso. Se disolvió, yo Lo tragué y por fin era miembro de la Iglesia Verdadera, era pecador oficial.
Cuando terminó la misa me esperaban a la puerta de la iglesia mi madre con Michael en brazos y mi abuela. Ambas me abrazaron oprimiéndome contra sus pechos. Ambas me dijeron que era el día más feliz de mi vida. Ambas me lloraron en la cabeza, y después de la aportación de mi abuela de esta mañana yo tenía la cabeza hecha un pantano.
- Mamá, ¿puedo ir ya a hacer la Colecta?
- Cuando hayas desayunado algo - dijo ella.
- No - dijo mi abuela-. Nada de Colectas hasta que hayas hecho un buen desayuno de Primera Comunión en mi casa. Vamos.
La seguimos. Empezó a trastear y a meter ruido con cazos y sartenes y a quejarse de que todo el mundo esperaba de ella que estuviese a su servicio. Yo me comí el huevo, me comí la salchicha, y cuando quise echarme más azúcar en el té me apartó la mano de una palmada.
- Ten moderación con el azúcar. ¿Es que te crees que soy millonaria?, ¿que soy americana? ¿Te crees que estoy cargada con joyas relucientes?, ¿que voy vestida de ricas pieles?
La comida se me revolvió en el estómago. Me atraganté. Salí corriendo al patio trastero de mi abuela y lo vomité todo. Ella salió...

(Continuará)

2 comentarios:

Pecosa dijo...

¡¡¡VOMITÓ A DIOS!!! ¡¡¡SÚPER FUERTE!!!

Loco dijo...

Vomitó, vomitó.